
De pronto floté un rato con los ojos abiertos y recordé que estaba corriendo con alguien que me tomaba la mano. Quizás le dimos la vuelta a la cuadra y cuando llegamos a la meta nos tiramos en el antijardín de una casa ajena. Era la época donde la Villa era segura y no habían flaites que la utilizaban para robar. Era la época donde las casas no tenían rejas ni protecciones, donde podías dejar tu pelota, tu muñeca, el camioncito con barro afuera, y nadie te lo robaba. Era la época donde se iba a comprar al negocio de la esquina en bici y no era necesario amarrarla con una cadena.
Era la época donde hacíamos excursiones al cerro y nos topábamos con guarenes de verdad, cuando íbamos al campo de trigo a correr, o a la ruma de acerrín que tenía unos neumáticos. Y ahora hay sólo casas porque la gente quiere vivir con su familia nueva. Probablemente otra pendeja se está quejando de que en el lugar que yo vivo ella solía jugar con sus amigos, está maldiciendo mi familia y la constructora.
En aquella época yo me levantaba a las 9 de la mañana a andar en bicicleta. A las 3 de la tarde íbamos a la plazoleta y sacábamos las rosas para desarmarlas enteras y botar los pétalos por todo el lugar, y la vieja que vive al frente nos retaba (una vez le rayé el auto con una piedrecita, le hice corazones por todos lados). Por aquel entonces la plazoleta era sólo de tierra y yo le decía a un vecino menor que yo que era chocolate, pero nunca me creyó. Otro vecino llevaba un puñado de monedas y las enterraba en la tierra esperando que algún día creciera un árbol de plata. Pero eso nunca pasó, las monedas se transformaron en helados de $50.-
Amarrábamos una cuerda en las bicis y la sosteníamos mientras andábamos en patines. Nos subíamos tres en una bicicleta, uno pedaleaba, el otro manejaba el volante y el último pintaba el mono. Juntábamos álbumes de Dragon Ball, de Hugo, de lo que fuera, y nunca nadie completó uno. Jugábamos con tazos, con esquelas, bailábamos y cantábamos lo que estaba de moda, canciones sin contenido sexual explícito. Perseguíamos el camión de la basura por todo el recorrido que hacía y aunque no lo admitiéramos tenía un olor bastante atrayente.
Jugábamos con perros callejeros y le dábamos comida, nos turnábamos para alimentarlos, hasta que se iban y llegaban otros. Sacábamos las 'colas de zorro' y las usábamos como espadas o nos hacíamos cosquillas en la cara, que luego terminaban en estornudos.
Entonces dejé de flotar y miré a mi ventana, que es una de las pocas que no tiene rejas en mi casa, pero sólo porque está en un segundo piso.
"..¡TE QUIERO, MARIO!.."
1 posteos mala leche:
"TE QUIERO MARIO!"
Notable.
Hey, qué redacción va mejorando y mejorando?
(respuesta: la tuya)
tal vez si tenga razón el Hernán, y termines escribiendo algo grande antes de lo que imaginas, en contra de tu voluntad también...
fumemos?
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